12 de mayo de 2010

La verdadera historia de La Gioconda

Hoy vamos hablar de La Gioconda, el célebre cuadro de Leonardo da Vinci.
Como todos sabemos, esta archifamosa obra es también conocida como “La Mona Lisa”. El origen de este nombre es bastante discutido, aunque nuestra teoría es que lo de “mona” responde a la caripela de la señora de la foto y lo de “lisa” a que aún no se habían inventado los implantes de silicona (pese a lo cual el cuadrito está ahora en el museo de LaUbre).
Resulta que el cuadrito este es una tablita de madera de 77 x 53 cm., o sea una porquería chiquitita como 8 baldosas, más o menos. El motivo por el que el Leo lo pintó en madera es que hasta varios siglos después no se inventarían las Polaroid y el marido de la Gioconda quería tener una foto de ella (no sabemos si para admirarla o para clavarle alfileres, por lo cual se enojó mucho con el Leo cuando vió que lo había hecho en madera). La Gio era la mujer de Francesco Bartolomeo del Giocondo y parece que su verdadero nombre era Lisa Gherardini (lo de “lisa” ya lo explicamos y “Gioconda” quiere decir “alegre” en italiano, imaginamos que en el sentido de “ligerita de cascos”, porque la verdad que muy risueña no se la ve en la foto, digo, en el cuadro).
Resulta que esta tablita de morondanga, con la fotito de la mina, está protegida por las más sofisticadas medidas de seguridad (nunca estuve ahí, pero me imagino que estará rodeada de alambre de púas, tres Rottweiler y cuatro ursos con fusiles) y aparatos para garantizar la óptima conservación de la tablita (o sea Asfalkote en el techo, cuidar que la estufa a querosén no ahúme, etc.).
Dicen que el Leo después de terminar la obra se pasó retocándola durante toda su vida (a la obra, no a la modelo).
La Gio, en la foto (digo... en el cuadro) no tiene ni cejas ni pestañas. Al parecer a la depiladora que fue antes de posar para la foto (pucha... digo otra vez... el cuadro) se le fue la mano y por poco la pela toda. Su expresión poco feliz se explica por el dolor que debe haber sentido cuando, además de las cejas, le depilaron las pestañas.
Su mirada está dirigida a la izquierda (como mirando de reojo el desastre que estaba pintando el Leo) y esboza una enigmática sonrisa como diciendo “¿te pensás que mi marido te va a pagar algo por esa maderita de miércoles?”.
Y de hecho se ve que el Pancho (Francesco, el marido la Gio) no le garpó ni un sope, porque Leo se quedó con el cuadro toda su vida, hasta que al final se lo logró vender al rey Francisco I (le dijo que ese cuadrito era algo así como la Playboy del siglo XVI).
Llegó al museo de LaUbre recién con la Revolución Francesa y ahí se conserva hasta ahora, donde miles y miles de personas se paran todos los días a mirar una tablita pintada con una mujer con cara de amargada, retocada por Leonardo y regastada por el rey Francisco I.

¡A reír, que la cultura con humor sabe mejor!

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